Venga nieto, preparemos las cañas y los aparejos, Hoy deje que lo invite yo. Si tiene ganas consígase un tarrito y lleve la pala de dientes al gallinero; con el abono de las gallinas las lombrices parecen víboras ciegas; pero no interesa, usted ya es grande, tiene diez años y las distingue de lejos.
¿Qué más podría querer yo? Para pescar o cazar estaba siempre dispuesto y, si era con el abuelo mucho mejor. Él, haciéndose más lento de lo que era, me dejaba ir adelante y quedarme con la punta de la laguna, adonde de sobra sabía que el bagre viene a comer.
Lo que no me cerraba del todo era que el abuelo me invitara. Con sus años de estas aventuras estaría hastiado y, sin embargo, él fue quien me invitó a pescar.
Y como el dicho: “abajo de la piedra está el cangrejo”, no bien mojarreamos y encarnamos aparejos y cañas, le entró el cansancio al abuelo, buscó una piedra y no bien estuvo sentado descabezó un cuento, ¡vaya noticia! Si era lo que yo estaba esperando. Siempre me gustó la pesca, pero mucho más las historias, y las del abuelo mejor. Aparte de ponerles el alma, eran cuentos de otros tiempos y yo, que como si hubiese podido elegir, al abuelo lo hubiera querido hermano, entonces… más emoción y toda para mí solo.
—¿Sabes nieto?, esto no es un cuento, es historia verdadera y pasó aquí cerca nomás frente a la colonia de Terra, adonde yo había llegado de medianero… Así nos decían, “medianeros”, pero con dos partes para el propietario Terra y una para los colonos. ¿Qué te parece?… “Tercianero” diría yo, pero p’ al pobre no había otra cosa, tómalo o déjalo. Así era, nieto, nada pareja la cosa.
A mí me gustaba que me dijese nieto, y en ocasiones hasta de usted me trataba. Cuando sucedía, yo me sentía de quince años o más, un hombre grande, grande y serio como el abuelo, de pantalones largos faja de tela y, bajo ella, el cuchillo, que era el que, en realidad, sin más nombramientos, te titulaba de “Hombre”.
El macho alfa que andaba en mis sueños, se vio frustrado por un ruido especial que venía desde el lugar del abuelo, castigaba su pipa contra un árbol vaciando el tabaco quemado de una anterior fumata; ahora se ocupaba retacándola con tabaco nuevo para que durara más tiempo. Por supuesto, esto me decía que el cuento iba a ser largo.
Al momento oí balbucear algo al abuelo, no eran palabras, era un cambio de posición en la boca de su pipa.
—Le quedó patas p´ arriba —le dije y al instante extrajo de su bolsillo su eterno yesquero, uno a los que llamaban de “dos tapas”, una reliquia, tanque con nafta, centro con mecha y yesca, y tapa la otra, esta se abría para encender y se tapaba para apagar el fuego en la mecha.
—Fue en el bajo pasando la estancia, como quien viene del norte, ahí Gómez y Hernández se encontraron luego que un maldito lleve y traiga logró enemistarlos, en busca de provecho propio, Rodríguez se revolcaba en el suelo como queriendo sacarse del lomo los plomos que le hacían contrapeso, mientras que Gómez prendido con una mano al alambrado, y la otra sujetando el triperío que andaba ya cerca del suelo miraba arriba, como rogando al cielo una mano que lo atara a la vida… Nos advirtió el perrerío que desenfrenado ladraba; no llegamos tarde por suerte que, sino, puede que uno o dos más hubieran hecho el viaje junto a ellos.
Habrá visto el miedo en mis ojos, que largó un: Esto por suerte ya no pasa, se acabaron esos tiempos de barbarie.
¡Que errado estaba el abuelo! Hoy aquel niño de diez años les está escribiendo, y estos sucesos son mucho peor, hoy no se juega la vida en un duelo como en el cuento del abuelo, o aquel combate de la tapera que anduvimos recordando. Hoy es mucho peor, hoy se matan de a miles, hombres mujeres y niños, detrás de un escritorio cómodamente sentado.
Para más decir, los medios de prensa se desviven por darles imágenes, creo que hasta los maquillan para verse más perversos.
Desde este rincón que ocupo, cuya fortuna asciende a tener papel y lápiz, y algo más para sobrevivir, me planteo lo bueno que estaría, no digo acabar las guerras, sino que fuese obligación que quienes las provocan, marchasen en primera fila…. ¿Que no se acaban las guerras?… Probemos.
Escritores Floridenses: «Tiempos de barbarie … ¿Cuáles?» – Antonio Lissio
