Un día fui esposo, padre de tres varones y cinco niñas, trabajador, inteligente.
Mis manos, en mi taller, medían, cortaban, soldaban y creaban con hierro puertas, ventanas, rejas, portones, y reparaban tarros lecheros, o todo aquello que los clientes o empresas pidieran o requirieran.
Hoy voy por un camino oscuro, por momentos, me parece que voy acompañado de mis padres, pero no… ¡y cuánto los necesito!
La luz de una columna es débil, su luz amarillenta me agrega pesar y peor aún, me parece que es un alto cíclope que me mira de reojo amenazante.
Las ramas grises de los árboles se vuelven negras en la noche y me parecen monstruos que me quieren tocar y atrapar con sus finos dedos esqueléticos, porque hoy es invierno, tan igual y tan real como este, el invierno de mi vida.
Así soy yo en mis postreros días, un ir y venir entre la realidad y la fantasía delirante de mi locura, a esto me ha llevado el que yo creía mi amigo, mi compañero de horas solitarias y de angustias, él me arrancaba como con la mano el dolor que habitaba mi pecho, mi cerebro y cada una de mis células.
Al principio todo era alegría, fugaz, pero alegría al fin. Yo era el payaso de la reunión del bar y a todos les gustaba mi cercanía: yo era chiste, broma, movimiento, onomatopeya, imitador, cuentista, equilibrista. Y en esa época supe llevar a mi familia, a mi esposa e hijos, al circo, al cine, a la caravana por los festejos de la victoria mundialista de Maracaná en mi camioneta, comprada con el producto del sudor de mi frente, pues yo era un próspero herrero, al que en esa época llamaban hojalatero. Esa fue una época casi feliz diría yo.
Pero el paso del tiempo y quien yo consideraba mi amigo y salvador melló mi cerebro y el alegre payaso dio lugar a un ser triste, depresivo, sin fuerzas para enfrentar la vida con los horarios, la necesidad de acciones eficaces y certeras en el trabajo, lleno de frustración y casi, casi sin dinero, sin propósito y sin sueños.
En las Navidades dormido, porque el asado lento requirió de varias copas de alcohol y así desfilaron también las Nocheviejas y las de Año Nuevo, para pasar luego a la pelea, la disputa, la violencia hacia quienes fueron mis seres más cercanos y amados.
Aún perdura en mi retina la fuente enorme, blanca, esmaltada, plena de comida caliente, casera, sabrosa, volando por el aire porque la tiré ofuscado, ya que Angélica, mi esposa, no me dio dinero para comprar al anhelado alcohol. También retengo en mis oídos mis propios gritos que resonaban en la noche, los que perturbaban el sueño de mis hijos e interrumpían la paz de las noches.
Así que hoy, solo, transito las calles de este pueblo, tan mío y tan ajeno, solo, sin madre, ni padre, ni esposa ni hijos y sin aquel que, a traición, destruyó mi cuerpo, mi mente, mi alma y mi voluntad. Sé seguro que me iré en solitario, sin compañía, ni apoyo, ni paz de este mundo, aunque tal vez de algún hijo pueda lograr a tiempo el perdón, mas no recuperar el amor.
Hoy solo soy materia hueca, vacía, hoy soy la nada, amenazada por los fantasma, rayos y estertores de mi locura.
Escritores Floridenses: «Yo, Felipe» – Silvia Luzardo
