• 6 de octubre de 2022

Gladys Barnetche: El hombre árbol

Sep 11, 2021

El hombre árbol …lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Gabriel García Márquez «Un señor muy viejo con unas alas enormes» Después de que el ángel partiera, perdiéndose en el mar y la mujer araña se fuera con la feria a otra parte a seguir inspirando lástima con su triste historia, el pueblo volvió a la calma y la rutina. Los extraños fenómenos parecían haberse esfumado y los que llegaban ya no asombraban a nadie. Como, por ejemplo, el hombre árbol. Llegó una mañana de sol primaveral. Sus piernas eran troncos y sus brazos florecidas ramas, solía llevarlos levantados para darse sombra a sí mismo.

Se aposentó en medio de la plaza, en un círculo formado por piedras, donde los habitantes pensaban construir una fuente. Se sentía cansado de tanto arrastrar los troncos en que se habían convertido sus piernas. Cuando alguien al pasar le preguntó, más por curiosidad que por interés, qué le había pasado, le dijo que su historia era tan extraña y peculiar que ni él mismo sabía cómo había ocurrido. Le contó que después de un día de trabajo, fatigado, se dejó caer bajo un frondoso árbol. Apenas se había dormido cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza y, cuando despertó, tenía troncos por piernas y ramas por brazos. Desde entonces vagaba de un lado a otro temiendo quedarse quieto. Pero estaba cansado y con mucho sueño y aquel lugarcito le gustó.

El curioso le sonrió. Podría creer cualquier historia después de haber visto tantas rarezas, le removió las ramas, como quien revuelve el cabello de un niño y le deseó un feliz descanso. El hombre árbol cerró sus ojos con un suspiro y se durmió profundamente. Tanto durmió, que pasó el día y después la noche y, cuando el sol volvió a salir en una alborada naranja y todo recobró su color, él despertó, estiró sus ramas que parecían haber crecido, quiso moverse, pero no pudo. Miró hacia abajo y descubrió que sus piernas se habían unido en un solo tronco y echado raíces. Al principio lo aceptó con buen gusto, pero al transcurrir el tiempo allí anclado, comenzó a sentir la estrechez de su mundo y la vida que le esperaba. Sus ramas habían crecido tanto que ya no eran más brazos; su rostro -tal vez lo único que le quedaba de humano- se perdía en una maraña de hojas que le impedían ver.

Le rogaba a algún transeúnte que quitara aquella pared verde que no le dejaba ver el paisaje. Los pájaros comenzaron a hacer nidos sobre sus ramas y tanto piar de polluelos le daba un enorme dolor de cabeza. Los perros vagabundos solían llegar a su tronco y levantar la pata para bañarlo de orina caliente y apestosa. Los chicos corrían a su alrededor, se trepaban por sus ramas, le hacían cosquillas bajo la nariz haciéndolo estornudar y temblaban todas sus hojas. Escarbaban en su tronco, con alambres o algún pedazo de vidrio, escribiendo o dibujando tonterías. Se quejaba del mal trato de que era objeto, pero nadie lo escuchaba. El otoño lo dejó desnudo, y pasó el invierno tiritando de frío porque aún le quedaba algo de humano. De tanto ponérsele la piel de gallina, le salieron verdugones en todo el tronco. Así que el comenzar la primavera y retoñar sus ramas ya quería irse de aquella prisión. Hizo fuerza para arrancar sus raíces, pero fue inútil.

Entonces se puso a llorar y suplicar a todo aquel que pasaba que lo ayudara a liberarse. Los hombres del pueblo, ya cansados de tanta lloradera, se reunieron para ver que podían hacer. Él les propuso que arrancaran sus raíces y así se podría ir. Lo intentaron, pero no pudieron, se habían extendido a lo largo y ancho de la plaza. Entonces él gritó que las cortaran, cada raíz del tronco mismo. Los hombres se miraron pensando si él se daba cuenta de lo que pedía. Pero cada uno se fue en busca de un hacha. Cuando volvieron le preguntaron a aquel rostro que casi se perdía en medio de la madera y ya había adquirido su color si estaba seguro. —¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —les replicó ansioso de libertad. Y comenzaron a cortar las raíces que lo mantenían adherido a la tierra. Sintió el dolor que lo traspasaba, pero sus ansías eran mayores y soportó estoicamente los hachazos que lo iban liberando.

Cuando al fin se vio libre, comenzó a dar saltos, dando las gracias a los hombres del pueblo se alejó, batiendo sus ramas donde los incipientes brotes comenzaban a verdear anunciando la llegada de la primavera. Los hombres se quedaron viéndolo alejarse dejando tras de sí una estela húmeda de savia y uno de ellos sólo comentó mientras emprendía la marcha, hacha al hombro, rumbo a su hogar: —¡Pobre árbol! ¡No sabe que va muriendo!

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