• 25 de junio de 2022

Isabel Rodríguez Orlando: Ejemplo vivo

Nov 19, 2021

Fue mi profesora de matemáticas del Instituto Normal. Yo la conocía de vista y tenía una idea totalmente diferente de ella, de lo que era, de lo que valía no solo como profesora por su conocimiento de la materia que enseñaba, sino de lo que valía como persona. Su rostro no trasmitía lo que era en realidad. Con el transcurrir del tiempo fui dándome cuenta que no solo sabía trasmitirnos conocimiento (que eso lo hacia cualquier persona que conozca bien la materia y los procedimientos didácticos).

Ella sabía trasmitir todo lo que un verdadero educador debe trasmitir a los alumnos, porque el conocimiento se olvida con el tiempo, pero el ejemplo del educador permanece durante toda la vida. Ella nunca nos hacía sentir que no sabíamos, nos hacía sentir que todos éramos capaces de aprender. Y de vez en cuando, sobre todo cuando nos anunciaba que íbamos a tener escrito, y, más aún cuando se aproximaban los exámenes, nos invitaba a que fuéramos a su casa, los que quisiéramos, porque no era obligatorio. A las 5 de la mañana, aunque estuviéramos en pleno invierno, allá íbamos. Nos esperaba sentada en su cama de dos plazas, donde dormía sola porque era viuda hacia algunos años. Nos hacía sentar en el piso, sobre almohadones alrededor de la cama. Allí aprendíamos. Sin duda. A veces, cada tanto rato, nos decía: ¯A ver los de este lado, déjenme sacar las piernas afuera porque no soporto las frazadas. Años después le entendí. Me llegó la edad en la que sufría de lo mismo, para lo que no encuentro la forma de describirlo, y recuerdo a aquella mujer tan sencilla. Nosotros -sus alumnos- nos reíamos, pero como si ella no fuese la profesora sino una compañera más. Aprovechábamos aquellas clases como algo invalorable. Y valor material, traducido en dinero, no tenían, porque ella nunca nos quiso cobrar. Esas clases extraordinarias fueron siempre no obligatorias y gratuitas, como todo lo que nos enseñó sobre la vida. Y además imborrables.

Me recibí y al poco tiempo coincidimos, ahora no como profesora y alumna, sino como compañeras de trabajo. La primera vez que puse el pie en la escuela y la vi rodeada de chiquitos me reí. Me resultó sorprendente y gracioso, la diferencia entre uno y otro cargo. Pero luego lo comprendí. Era parte de su particular modo de ser. Lo necesitaba. Yo vivía momentos complicados. Problemas familiares, una clase difícil, una directora que no me apoyaba. Salíamos al recreo y podía conversar con mi exprofesora, sorprendentemente ahora maestra de jardinera. Hablar con ella era el mejor consuelo a mi estado de ánimo y me daba cuenta lo que era para ella rodearse de sesenta o más chiquitos -porque ella no estaba obligada a aceptar tal número-, pero jamás rechazaba ninguno. Los padres eran capaces de pelear por dejar a sus hijos con aquella docente incomparable que no solo sabía matemáticas, y ella era feliz con ellos. Ella me daba ánimo y me enseñaba a sobrellevar todo escritores floridenses lo que me pasaba. Yo salía al recreo con lágrimas en los ojos y entraba a la media hora con una sonrisa. Pasaron los años. Dejé de verla. Me enteré de que vivía en la Costa de Oro y que habiéndose jubilado continuaba con clases particulares. Hasta que una tarde, caminando por la calle principal, nos encontramos. Nos sentamos en un banco, y nos contamos todo.

Yo había cambiado, era dueña de mi vida, vivía sola con mis hijos y no permitía que nadie me hiciera llorar. Ella vivía bien, con su hijo y sus discípulos, y su bicicleta. Volví a mi casa feliz por aquel encuentro, como si hubiese sido provocado por un ser sobrenatural. Siguió el transcurrir de nuestras vidas, hasta que un día me enteré por la prensa que las autoridades municipales la declaraban ciudadana ilustre. No pude ir por razones de salud, pero mi alegría fue enorme. Pensaba «Pocas veces tan merecido reconocimiento». Poco tiempo después partió en su viaje sin retorno, mi mejor docente, compañera de trabajo, amiga, confidente, y ejemplo de vida inolvidable

2 comentarios en «Isabel Rodríguez Orlando: Ejemplo vivo»
  1. Que hermoso relato ,!! tuve el privilegio de conocer a esta Sra , no como docente sino como amiga…y ler esto, me hizo acordar(vivencias) pequeñas cosas que ya me había olvidado….si duda fue para muchos y me sumo en eso, una leal compañera , vecina, amiga, madre, con su gran fuerza de vida , su cultura y a la vez con su sencillez un ejemplo de ser …..Te recordaré por siempre mi querida Virucha….

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