• 25 de junio de 2022

Isabel Rodríguez Orlando: Los ovillos de lana

Sep 18, 2021

Noche de invierno. Estoy sola. Abro una revista y allí están los ovillos de lana con un par de agujas clavadas invitando a usarlas. Multicolores, hermosos a la vista, tentadores. Quisiera que cobraran vida y tenerlos en mis manos. Lucen su fajita de papel con la marca y todos los detalles que la caracterizan. Siempre ha sido así. Las veo donde sea que aparezcan a mi vista y desatan en mí nostalgia. Y los recuerdos estallan.

 Soy pequeña; no tengo más de ocho años. Estoy tejiendo para mis muñecas. Mamá me compró ovillos de lana «Beba» de color rosado, porque es la más barata en el almacén de ramos generales donde se compra todo lo que se precisa en mi casa, menos la carne. Debo tener cuidado porque si tiro fuerte de la hebra se revienta. Estoy aprendiendo, haciendo bufandas porque es lo más fácil. Punto por punto, hilera tras hilera, voy armando la trama que tanto entusiasmo me provoca al verla crecer.

Termino y mamá me hace moldes dibujados en papel de diario para que teja bucitos y otras prendas más difíciles. Me entusiasmo cada vez más. Tengo doce años. Ya tejo bien. Puede decirse que ya tengo un oficio. Mamá me dice «que no sepan mis clientas que pongo sus prendas en las manos de una niña tan pequeña porque no me van a traer más trabajo. Y lo precisamos.’’ Yo trato de comprender, aunque no me resulta fácil. Me parece injusto. Me doy cuenta de que ahora soy una obrera anónima.

Nadie puede saber de mis habilidades y de las horas en que, en vez de jugar con amigas –que en verdad no tengo porque recién nos mudamos a la ciudad , yo cumplo un horario, además de ir al liceo y dedicar algunas horas a estudiar. Voy con mamá a casa de mi abuela y me encanta participar de las tertulias. Todas las mujeres tejen al sol que entra por el enorme ventanal y dejando de mover sus brazos solo cuando abuelita les ofrece el mate dulce. Soy feliz. Todavía somos una familia completa. Mi padre se nos fue para siempre una calurosa tarde de diciembre. Vivo en casa de mi abuela, pero ella ya no está. Partió dos meses antes que papá. Es una casa tan grande que nuestros pasos y nuestras voces retumban. Es difícil acostumbrarme. Empecé a estudiar magisterio. Son las tres de la madrugada Envueltas en frazadas las dos, mamá y yo, tejemos.

Las horas del día no alcanzan. Antes, con el dinero ganado nos comprábamos ropa y calzado. Ahora nos compramos la comida. No podemos parar. No podemos descansar. No podemos calentarnos ni siquiera con el ladrillo encima del Primus como antes porque hay que ahorrar el combustible para cocinar los alimentos. Estamos en la década oscura. A muchos nos han negado el derecho al trabajo. ¿Qué hacer? De pronto los veo Aparecen ante mis ojos como si alguien me guiara hacia aquella vidriera. Y al ver los ovillos de lana se me ocurre. Y allá voy a pedir tejidos para exportación.

Mis brazos vuelven a moverse con más agilidad que nunca. Está amaneciendo y aquí estoy, punto tras punto, carrera tras carrera, Voy a descansar un rato. Y después las tareas domésticas, la atención de mis hijos pequeños y de nuevo a las agujas. Cada viernes cobro y los sábados voy a la feria a surtirme de frutas y verduras. Hoy tengo todo lo que necesito. Siento que no preciso más de lo que tengo. Pero no están aquellos seres queridos que fueron parte de mi vida. ¿Cuál momento fue mejor? No quiero responder. Y, tal vez, no sepa responder. Es invierno y llueve. Llega la noche. Con ella llega, silenciosa, la nostalgia y me abraza. ¿Me asfixia o quiere protegerme del olvido? ¿Me ahoga o quiere acompañar mi soledad? Hoy casi no tejo, pero al contemplar las fotografías de mis hijos y nietos luciendo sus coloridos bariloches me invade la nostalgia por los momentos disfrutados tejiendo punto a punto, hilera tras hilera. Esos momentos de elaboración producían en mí un placer indescriptible. Elaborar, construir una prenda como levanta un obrero las paredes, ladrillo por ladrillo, hilera tras hilera, me recuerda momentos felices, momentos de aprendizaje, momentos de lucha por la vida. Siempre que veo coloridos ovillos de lana siento nostalgia porque ellos siempre han estado unidos a cada momento de mi vida.

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