José Luis Llugain: El caballero en su corcel azabache

May 6, 2022

Aquel verano tuvo algo especial para mí, que no se repitió jamás. Yo estrenaría en la casa de la playa la bicicleta que me regalaron los Reyes Magos, tal como se los había pedido en una carta, la cual había escrito algunos meses atrás. Era de color negro y con los rayos plateados en sus ruedas.
¡Cuánta emoción reinaba en mí aquel día seis de enero! Temprano en la mañana desperté a toda mi familia ‒muy a pesar de ellos‒ para compartirles la alegría. Luego de unas breves instrucciones de manejo por parte de mi padre y de varias recomendaciones de prevención por parte de mi madre, monté en ella y me lancé a recorrer las calles del balneario. Primero di un par de vueltas a la manzana a baja velocidad de modo de dominar los pedales; pero ya después, me sentía un verdadero caballero cabalgando en su corcel azabache con las patas plateadas, dispuesto a recorrer el mundo y liberarlo de todos los males que le acechasen.
A regañadientes se la tuve que prestar a mi hermana mayor, pero no fueron muchas las veces que eso ocurrió. La bicicleta era mía y yo era el único habilitado para montar en ella a toda hora. Bueno…a toda hora, no. Mis padres me regulaban los horarios para andar, como también la distancia máxima que podía alejarme de la casa. En eso, mi madre estaba firme, temerosa de que yo tuviese algún accidente.
Madrugador como era, me ofrecí para hacer las compras para el desayuno en un almacén distante a pocas cuadras de la casa. Empero, ese ofrecimiento me significó tener que efectuar los demás mandados de la casa el resto del día. Podría parecer penosa esa tarea doméstica, pero para mí resultaba placentero hacerlo. Mi corcel me estaba esperando listo para una nueva aventura.
Conforme transcurrían los días, me fui dando a conocer entre los vecinos de la zona, a quienes saludaba andando en la bicicleta. Me acuerdo de Alicia, una señora muy sonriente y cantarina que pasaba el día entero arreglando su jardín, de un veterano cuyo nombre nunca supe, algo serio, que paseaba su perro ‒sujetado con cadena, por suerte‒, de don Jorge, el almacenero, por supuesto, y también de Violeta, una niña muy linda y con los ojos del mismo color que su nombre, siempre leyendo en la hamaca del porche de su casa.
Alguna vez, cuando yo hacía las compras para el almuerzo, y sin que mi madre se enterara, compraba algún chocolatín para regalárselo a Violeta, oportunidad que aprovechaba para charlar un ratito. Ella no hablaba mucho pues era tímida; más bien, se sonrojaba, lo que me causaba gracia, pero no se lo decía para no fastidiarla. ¡Un caballero jamás puede faltarle el respeto a una dama!
Todo iba bien en mis travesías montando mi corcel azabache, hasta que un mediodía mi hermana, desconfiando de mi notorio retraso para regresar de hacer el mandado, siguió mis pasos y me descubrió charlando con Violeta. Enseguida, la muy chismosa le fue a contar a mi madre, y esta estalló. ¡Vaya regaño que me llevé por tan leve falta!
Por un par de días, me prohibieron montar mi corcel; ni hacer a pie los mandados podía… Cuando culminó la sanción, salí raudo a dar una vuelta en mi corcel, obviamente con la clara intención de pasar a saludar a Violeta. Pero no tuve éxito, ella y su familia ya no estaban alquilando la casa y habían regresado a su ‒ignoto para mí‒ hogar.
Nosotros continuamos una semana más en el balneario y yo proseguí recorriendo el mundo en mi corcel azabache con sus brillantes patas plateadas; pero opté por cambiar de ruta, de modo de no pasar más por delante de la casa donde vivió Violeta.
Nunca más supe de ella. La vida prosiguió su marcha, el corcel de patas plateadas llevó a este caballero tras nuevos mundos por conocer y conquistar.

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