• 3 de febrero de 2023

María Delia Rossi: Biografía de una resiliente

Dic 2, 2022

Tenía quince años recién cumplidos. Era una chica como tantas a esa edad, feliz, alegre, inquieta. Al mes de haber disfrutado mi noche soñada rodeada de mi familia y amigos, vienen con la noticia que me sacudió la vida de un momento para el otro, de que mi padre estaba grave. Él trabajaba en el campo y, veinticuatro horas después, mi madre volvió con él pero muerto. Mi hermano tenía trece años Éramos niños, o así nos sentíamos. Desde ese momento en adelante tuvimos que madurar de golpe y hacernos cargo de tareas para las cuales no estábamos preparados. Pero salimos adelante, viendo llorar a nuestra madre a escondidas y corriendo de aquí para allá para ganar el pan con honradez.

Tres años después me casé y dos años después tuve a mi primera hija y así, con diferencias de dos y cuatro años, nacieron mis hijos.

Fue la etapa más feliz de mi vida. Criarlos, educarlos y compartir sus sueños e inquietudes.

A todo esto, mi mamá vivía con nosotros. Malenseñaba a sus nietos y mi esposo la renegaba. Pero ella siempre ganaba diciéndole: “Pobrecitos, son chiquitos”.

Hasta que un día se sentía algo indispuesta y la llevé al médico y allí, sin anestesia, me informó que le quedarían tres meses de vida, que no había nada para hacer.

Me tragué las lágrimas cuando ella me preguntó “¿Qué te dijo el médico?”. Y le respondí: “Te van a hacer dos o tres análisis, pero no será nada grave”. Así la llevé con cuentos hasta que llegó el momento de su partida, hace siete años y todavía la extraño.

Y tres años después, un 24 de mayo a la mañana, estaba tomando mate y sentí un dolor en mi pecho, como angustia y nerviosismo. Al poco rato entraron mi hija mayor y mi esposo y los médicos con la noticia de que mi hijo, el mayor de los varones, había fallecido.

Ese fue el golpe de gracia. Ese fue y es el peor de los dolores.

Pero, a pesar de ello, aún aquí estoy, siempre llevando una palabra de fuerza y consuelo.

Faltó decir que tengo dos aneurismas clipeadas y que estuve con riesgo de vida antes de que pasara lo de mi mamá.

Sé del dolor desde niña, sé de luchas y trabajos, sé de sueños añorados, de sentir que se abre el pecho.

Pero tengo paz en mi corazón.

Y puedo asegurar que en nosotros está la fortaleza y que, por más duras que sean las luchas, siempre podemos salir adelante con valentía y que el amor a la vida nos hace fuertes.

En nosotros está el esbozar y mostrar una sonrisa cuando nos damos cuenta de que sí podemos.

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