María Julia Scabino: Historias con mascotas

Uno
Julia era una niña de 6 años. Había aprendido a ir sola desde su casa a la casa de sus tíos, que quedaba a tres cuadras. Muchas veces hacia ese recorrido para hacerle mandados a la madre. Al salir a la puerta pensaba qué recorrido hacer, para evitar encontrarse con los perros que andaban en la calle.


La mayoría de las veces salía a la puerta de la casa, miraba para todos lados y por las dudas ya empezaba a recitar un versito “San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque” y comenzaba a caminar rapidito y recelosa de que apareciera alguno.


Al llegar a la esquina donde debía doblar, ya los veía de lejos: unos más grandes que otros, unos más cuidados que otros y unos más hambrientos que otros; cuando debía pasar a su lado se le acercaban y la olfateaban rozando sus piernas, entonces sentía como escalofríos que le erizaban la piel y unas ganas enormes de correr, pero seguía caminando tiesa, siempre repitiendo lo mismo hasta llegar sana y salva a su ansiado destino.


Dos
Otra vez sucedió que apareció en mi casa un gato gris y de ojos muy saltones que fue adoptado como mascota por mis hermanos y por mí. Él se pasaba echado en el patio donde jugábamos y donde le dábamos de comer en un plato que la abuela Clara había puesto para eso.
Nosotros tres jugábamos a juegos de movimiento que implicaban corridas y saltos como la escondida, la mancha o la rayuela.


Cuando más entretenidos estábamos jugando, él aparecía corriendo y de un salto se tiraba sobre uno de nosotros y nos clavaba sus uñas a la altura de las rodillas deslizándolas por nuestras piernas, provocándonos arañones que hacían que la sangre brotara, dejándonos como que fueran rayas hechas con un tenedor.
Era tal la sorpresa del que le tocaba sufrir los arañazos, que se armaba un gran alboroto en la casa, con gritos y llantos y mi madre agarraba una escoba para correrlo, pero él nunca se dejaba alcanzar porque era muy ágil para saltar por el muro del fondo.


Tres
Hace un tiempo, antes de la pandemia, con mi familia resolvimos ir de paseo a la casa de mi hermana.
Salimos muy animados y deseosos de llegar para vernos y compartir lindos momentos en familia.
Cuando íbamos llegando recordé que me había contado que, desde hacía poco, ellos tenían una nueva mascota en su hogar.


Era un perro muy distinguido y costoso, inteligente, amigable y payaso, no de los recogidos en la calle, sino uno de raza Pitbull Terrier Americano que llevaba por nombre Sakir.
Cuando estaba inmersa en esos pensamientos, llegamos y nuestro auto estacionó en el patio de la casa. En ese momento apareció Sakir, un perro cachorro muy hermoso de color tostado, muy vigoroso con manos y patas muy grandes.


Todos se bajaron y las puertas del auto quedaron abiertas y yo quedé sentada ahí porque quedé como inmóvil cuando lo vi.


Sakir estaba feliz con la llegada de las visitas y saltaba de un lado a otro.
De repente sentí como un torbellino que pasó por encima mío y me tiró al suelo como para ayudarme a decidirme a bajar.


Todos explotaban de risa y yo muy sorprendida, pero ya recompuesta del revolcón, me empecé a levantar del suelo tratando de limpiarme los restos de pasto que me habían quedado en la ropa y en el pelo, contagiada también, de las risas de los demás por la ocurrente travesura de Sakir.

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