Servando Echeverria: Rulo de Mansavillagra

Ago 5, 2022

Por todos era conocido como Rulo, sin más ni apellido, quien por casi 80 años circuló por los pagos de Mansavillara, siempre trabajando en estancias y frecuentando el poblado.
En sus tiempos de mocedad hacía gala de buen montado, marcando presencia en cada ruedo ya sea como jinete o apadrinador, buen bailarín especialmente cuando le daba a la caña, diestro en los naipes y mimoso con las damas.

Eso sí, siempre agachando el lomo- le gustaba decir
Luego de trabajar en distintos establecimientos se conchabó en estancia El Arazá, y allí aquerenció. Muchos años de tareas duras, de peón para lo que venga, por su natural bonhomía y servicial, fue ganándose la confianza del patrón que, cuando le atrapó la vejez, lo apañó. El Aarazá fue su casa.
Y allí andaba Rulo con sus casi 80 años haciendo tareas livianas –pa´ no estar de balde m´hijo- rondando por el galpón, barriendo patios, ordeñando. De cuando en cuando una galopeada si había que encerrar ganado, arrimar la majada o acompañar a los puebleros que venían de visita.
Un viejo gaucho con mucho vida vivida y todavía con paño para cortar, cada tanto, los domingo, le venía el hambre de diversión y le salía a alguna farra.
En esos días el boliche la Lata anunciaba cuadreras, jineteadas y baile, lo que el convite nuclearía toda la paisanada de la zona. Fiesta corrida durante todo el día.
Y Rulo, se entusiasmó.
-Hace tanto que no voy a una de esas que no negaré fuego- le dijo al patrón.
Sus pilchas, aunque estuvieran fuera de moda, todavía valían lucirlas. Una lustrada a las botas, sacó la bombacha que tenía reservada, pañuelo de seda al cuello, en fin todo lo demás y pronto.
Montado en el zaino puso destino hasta el boliche La Lata, por ruta 41, tempranito para aprovechar el día. De lejos se veía la montonera de caballos, vehículos y gente. Parrilla grande, carne gorda, bar, ruedo y el sonido de una acordeón acompañada por una guitarra ejecutando milongas y polcas. Nunca falta un amigote para ponerse al día, y fue precisamente que hizo compañía con el moreno Urbano que venía de los pagos de San Gabriel.
Los dos encorvados castigados por los años, pero con ganas. Copa vá, copa viene, conversaciones y risas, llegada la noche convinieron probar suerte en los naipes. La timba estaba generalizada entre monte y gofo.
Eligieron una partida de monte. Urbano, más decidido, copó la banca con unos billetes, cubriendo la baraja que estaba boca abajo sobre el caballo de copa panza arriba. El tallador recibía apuestas y daba “cachucha”, los billetes volaban sobre el paño de la mesa.
En el momento más culminante de la jugada, un grito electrizó a los jugadores:
-Somos la policía carajo, paren la mano y están todos presos.
El comisario Márquez del destacamento, acompañado de tres agentes, hicieron cumplir la ley: está prohibido timbear por plata. Uno a uno los jugadores fueron subiendo a la camioneta policial.
Rulo tenía dificultad para levantar la pierna y se quejaba que no podía subir al vehículo por el dolor. Los milicos se empezaron a poner nerviosos suponiendo una maniobra del viejo para que no lo llevaran.
Fue cuando terció Urbano:
-El Rulo no puede levantar la pierna porque tiene el 44 en la cintura y se le clava en la ingle.
Le quitaron el Smith Wesson del año del jopo con pólvora negra, tan herrumbrado y engrifado que no servía para nada.
-Y pa´que llevas eso Rulo- preguntó el comisario

Pa´ que me haga contrapeso, hace 60 años que lo llevo en la cintura y si me lo saco me desequilibra y me caigo- dijo Rulo con voz ronca.
Marchó la camioneta con los timberos hasta el destacamento donde pasaron la noche calaboceados.
-Qué necesidad, dos viejos metidos en este lío- les reprochó el comisario.
-Pasa que no podemos jinetear y las viejas ya ni corte nos dan, entonces no queda otra que la timba.- dijo rápido Rulo con resignación.

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