• 25 de junio de 2022

Araceli Faggiani: Extraña levedad

Ago 6, 2021

Se está tan bien acá arriba. Una extraña levedad parece envolverme. Las nubes, lejanas, construyen un camino de copos de nieve con cristales dorados por el sol; me sitúo muy por encima de ellos. Me dejo llevar por una brisa que permanentemente me eleva cada vez más lejos de la tierra. Apenas se divisan los ríos como enormes zafiros, las cobrizas montañas con disímiles toques albóreos en su cima. Cada vez más y más lejos. Y así, ascendiendo y descendiendo, he perdido la mitad del tiempo; incapaz de discernirlo, podría haber sido un instante o una eternidad, no me inquieta el descubrirlo. En este inusitado vaivén logro divisar, al acercarme, las selvas de férrea vegetación que se entrelaza ávidamente; los desiertos, enormes espejos centelleantes reflejando, cual diamantes, miles de luces inciertas y los mares y océanos, con mágicas olas altaneras disputando entre sí por llegar a la costa, enmarañadas o tranquilas. Como incontables serpientes tendidas al sol, las rutas, los caminos y senderos. Por doquier ciudades, enormes urbes o pequeñas aldeas, donde los hombres se afanan en el cotidiano vivir. Esta capacidad surgida mágicamente de ver y apreciarlo todo desde aquí me permite compartir tantos hechos a la vez: la mujer sahariana caminando bajo el sol implacable con bidones en su espalda para llevar a su casa un poco de agua del pozo perdido en el desierto; la mujer hindú, seráfica, resignada, con un niño atado al dorso ¯ambos de estómago vacío¯, extendiendo su mano por una limosna; la joven china, vendida por su familia por ser la segunda hija, soportando las caricias infames de extranjeros que pagan por sus favores; los niños exhibidos en prostíbulos tailandeses junto a jóvenes poco mayores que ellos… Las mujeres de oscuros vestidos -diseminadas por el mundo-, cubiertas de pies a cabeza, apenas visibles sus ojos, justificándose por su religión. Los niños africanos de vientres abultados, infinitamente pobres y desamparados… Los migrantes por doquier intentando lograr una bocanada de aire que les permita sobrevivir. Los miles de fuegos fatuos contorsionándose en un baile sin fin sobre los cadáveres en los campos de guerra, los destellos de infinitud de batallas inútiles dispersas a lo largo del mundo. Imbuida de una extraña sensación de total omnisciencia, reconozco la futilidad de la vida y sus afanes; la impiedad de la humanidad y su perentorio final de autodestrucción. Y, en ese preciso momento, un vendaval me envuelve, me siento atraída, como por un gigantesco imán y desciendo cada vez más y más, perdiendo mi levedad. Un gran peso me paraliza. Lentamente logro abrir los ojos para verme, rodeada de aparatos y circuitos en una sala de hospital y oír una voz que repetía «Volvió con nosotros».

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