• 1 de diciembre de 2022

Daiana Castañares: Mara

Nov 25, 2022

La casa olía a flores, a acuarelas y vestidos viejos. Mara se paseaba con nostalgia por cada rincón de su hogar, deleitándose con su magia, con todos sus recuerdos, y también con sus tormentos. Después de tantos años, le parecía increíble que por fin llegara el momento de despedirse del lugar en el que había vivido toda su vida.

Su padre había adquirido la casa gracias a la herencia de su único tío, y desde entonces la familia de Mara había vivido allí. Tenía cinco años cuando se mudaron, y la primera vez que vio la construcción creyó que se trataba de un castillo de princesas, con su revestimiento de piedras y sus balcones llenos de flores. La casa se erguía con elegancia en medio del campo, apenas con algunos árboles adornando el paisaje. Magnífica, como en un cuento de hadas. Pero ella para nada se sentía una princesa, o por lo menos no las del final feliz.

La puerta principal era de dos hojas, de madera perfectamente lustrada, suave al tacto, solo que con los años había perdido su delicadeza y chirriaba siempre que se abría; pero era un ruido alegre cuando se abría para que ella disfrutara del exterior. Y se volvía cruel cuando llegaba la noche y la volvía a encontrar presa de sus desdichas.

El recibidor apenas medía dos por dos, pero tenía una ventana pequeña que dejaba que el sol se colara en las mañanas, y permitía que la claridad empezara a adueñarse de la casa de a poco. Allí, en el viejo sillón ubicado al final del recibidor, justo al lado de un gran espejo, Mara recordó su infancia entre libros y pinturas, cuando todavía era joven y podía soñar en su interior.

El gusto por los colores se lo transmitió su madre, aunque ella no pintaba tan bien como su progenitora. Pero hacerlo le daba paz, porque se sentía capaz de poder plasmar allí sus más profundas pasiones, las cuales se extendían más allá del campo y la familia. Eran otros tiempos, y en ese entonces las señoritas no podían poner en palabras sus deseos, como le sucedía a menudo.

Mara había soñado durante años con salir a conocer el mundo, pero su padre era profundamente estricto en cuanto al destino de su única hija. Su futuro estaba escrito desde pequeña, y apenas cumplió los diecisiete la obligaron a casarse con el hijo de uno de los terratenientes más adinerados de la zona. No se amaban, por supuesto, pero Mara nada podía hacer al respecto. El único consuelo que le quedó en ese momento fue saber que seguirían viviendo en su castillo encantado, que con el correr de los años se convirtió en su prisión. Ella, era la princesa encerrada en la torre más alta.

Fueron épocas duras para aquella niña devenida en mujer tan pronto. Solo sus pinturas la salvaban. En ellas podía transportarse a otros mundos, imaginando paisajes de los que otros le contaban, algunos reales copiados de libros, otros creados en base a su propia invención. Si había algo que a Mara no le faltaba, eran ideas y sueños. Se imaginó tantas veces cruzando esas puertas y corriendo desenfrenadamente por el medio del campo, que a veces sentía como si su cuerpo realmente hubiera recorrido todos esos kilómetros, con el cansancio a flor de piel.

Ahora ya no se sentía así. Su cuerpo se sentía liviano, libre de todos sus pesares. Solo rodeada por sus fantasías, sus añoranzas. Sus lienzos y sus colores. Los mismos que contemplaba ahora mientras recorría la sala de estar y avanzaba hasta el cuarto.

Apenas le tomó unos minutos estar allí. El recuerdo del dolor y su propio llanto encerrado en esas paredes la invadió y la obligó a salir de inmediato. Ya no volvería a llorar. Nunca más.

Bajó las escaleras corriendo, y aunque se encontraba descalza no fue capaz de percibir el frío mármol de los escalones bajo sus pies. Se detuvo frente a una de sus pinturas colgada en el recibidor. Un paisaje de verano, envuelto en el azul del mar, en lo cálido del sol y la arena, y una pequeñita de cinco años sentada a la orilla, jugando con caracolas que ella nunca pudo conocer.

Mara sonrió sintiéndose esa niñita, y se dio vuelta solo para darle un último vistazo a su castillo encantado.

Por el reflejo del espejo, solo se pudo ver la puerta que se abría mágicamente y una brisa de colores atravesando el umbral. Una imagen rodeada de ese ruido tan familiar, tan alegre, como de quien le da la bienvenida a la libertad.

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