José Luis Llugain: La nueva casa

Recién nos acabábamos de mudar a una nueva casa; alquilada como todas las anteriores en que vivimos mi esposa Elisa y yo desde que nos casamos. Aún seguíamos a la espera de concretar el sueño de tener la casa propia.
Era una casa más bien modesta con dos dormitorios: el matrimonial y uno pequeño en la planta alta para nuestro hijo Rodolfo. El fondo era pequeño y lindaba con otras casas y un galpón. No me gustaba mucho pero el precio del alquiler nos pareció razonable.
Pero desde el primer día de ocuparla notamos que, especialmente por la noche, bajaba la intensidad de la luz. Al principio creíamos que sería algo normal en esa zona, pero luego de averiguar con algunos vecinos, constatamos que esa situación solo se daba en nuestra casa. Contratamos a un electricista, pero de nada sirvió pues nos dijo que todo estaba en orden. ¿Todo en orden? ¿Y entonces por qué nosotros teníamos problemas con la luz y hasta con el riesgo de que se quemara algún aparato?
Fue ahí que entré a sospechar que algo extraño estaba ocurriendo en la casa. Pregunté a la inmobiliaria sobre sus anteriores ocupantes, pero no me supieron decir nada, lo cual me puso más inquieto de lo que ya estaba. Llegué a la conclusión de que en esa casa existía un alma en pena. ¡Ay, mi Dios! Todos los días noches pasaba lo mismo: por donde vagaba esa alma errante algunas luces tintineaban mientras que algunos artefactos dejaban de funcionar.
Mi esposa no compartía lo que yo sentía, pero tampoco le hallaba una explicación al problema; solo intentaba transmitirme calma, calma de la que seguramente ella carecía en su interior. Rodolfo, en cambio, disfrutaba de lo que ocurría sin tener la menor conciencia de los riesgos que estábamos corriendo; tal vez porque, siendo niño, nada sabía sobre de las almas en pena que erran por las casas donde murieron personas de manera trágica. Sin embargo, él también se enojaba cuando se le apagaba su computadora.
Pasaban los días y yo cada día estaba más inquieto, más preocupado por lo que podría suceder en cualquier momento.
-Vos siempre imaginando locuritas -me recriminaba Elisa-, ya verás que pronto esa alma, si es que existe, se irá de acá para siempre y todo estará bien.
Pero la cosa seguía igual; yo ya estaba a punto de estallar y hasta llegué a amenazar con irme de casa si esa alma no se iba para siempre. “¡O se va ella o me voy yo!”, esa era mi advertencia.
Hasta que una noche, Elisa, que había subido al dormitorio de Rodolfo a buscar no sé qué cosa, comenzó a gritar palabrotas.
-¿Qué te pasa, mi amor, te golpeaste con algo que Rodolfo dejó tirado? -le pregunté asustado.
-¡Qué alma en pena ni qué ocho cuartos! Estás muy equivocado con todo ese asunto de las luces -me respondió ella muy enojada-. El vecino de atrás nos está robando la electricidad para no sé qué carajo que esté haciendo en su galpón. Lo vi sacando el cable con que se conecta a nuestra casa. Ahora mismo voy y lo ahorco con ese mismo cable. ¡Ya sabrá quién soy yo! Pero eso sí: antes de matarlo, le cobraré hasta el último peso de la luz robada.

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